El sueño perfecto. Tercera parte


Corrí y en ese momento sentí que a mis tobillos les nacían alas, porque el trayecto desde donde yo me encontraba hasta dónde estabas tú, no duró más que lo que dura un latido del corazón.
Arrojé mis brazos alrededor de tu cuello y únicamente pude sentir cuando tú arrojaste los tuyos alrededor de mi cintura. En ese instante se encendió una llama ardiente que corrió por mis venas con la velocidad frenética con la que corren a encontrarse el fuego y la pólvora rumbo a su beso explosivo y fugaz.
Me sentí clavada en aquel sitio como si hubiese sido atada con cables de acero y al mismo tiempo, ligera e ingrávida como una pluma. Mi estado era una burla descarada contra la fuerza de gravedad. Acalorada como una tarde de verano y fría como la mañana de Enero. Parecía que mi cuerpo en llamas respondía a la frescura de tu piel con la misma necesidad con la que recibe el árido desierto a una lluvia torrencial.

Acerqué mi cara a la tuya y tu aliento me acogió como acoge la flor al gracioso colibrí. Con cada dosis de la esencia destilada a través de la dulzura de tu aliento, intensificada por el perfume de tus cabellos me acerqué un poco más, otro poco, un centímetro más cerca… y nuestros labios se encontraron en un beso.


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